No…

¡No!

Dios, no.

Rachel no…

Pero lo era. La propia hermana de Jubas, yaciendo desnuda entre los muertos, mirándole con unos ojos tan verdes y vacíos de vida como las esmeraldas.

Él había rezado por que escapase, por que estuviese a salvo, por…

Jubas retrocedió tambaleándose, tropezó y cayó al suelo, con lágrimas en los ojos que al resbalar por sus mejillas abrían surcos en la mugre que le cubría el rostro.

Shlomo acudió en ayuda de su amigo.

—Vamos —susurró—. Deprisa, antes de que vengan…

Pero Jubas estaba llorando ahora, incapaz de controlarse.

—Nos pasa a todos —dijo Shlomo para tranquilizarle.

Jubas sacudió la cabeza. Shlomo no lo entendía. Tragó aire, y por fin pudo forzarse a hablar.

—Es Rachel —dijo estremeciéndose entre sollozos mientras señalaba el cadáver. Las moscas ya estaban caminando sobre la cara de su hermana.

Shlomo puso una mano en el hombro de Jubas: le habían separado de su hermano Saúl, y lo único que le mantenía con vida era la esperanza de que él estuviese a salvo.

—¡Levanta! —gritó una voz familiar. Un alto y robusto ucraniano calzado con botas se acercaba a ellos. Llevaba un rifle con una bayoneta calada… la misma bayoneta que Jubas le había visto afilar frecuentemente hasta dejarla como un escalpelo.

Jubas alzó la mirada. Podía distinguir aquel rostro incluso a través de las lágrimas: una cara redonda de unos treinta años, de orejas protuberantes, labios finos y calvicie incipiente.

Shlomo se acercó al ucraniano, arriesgándolo todo. Pudo oler el licor barato en el aliento del hombre.

—Un momento, Iván, ten compasión… es la hermana de Jubas.

La ancha boca de Iván se abrió en una mueca terrible. Inclinándose, cortó el pezón derecho de Rachel con su bayoneta, haciéndolo saltar de la hoja con un golpe del dedo. El pezón cayó girando hasta acabar con el lado sangrante sobre el regazo de Jubas.



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