
– Bueno, la verdad es que ella estaba antes -dice.
Por suerte no ha dicho «la chica», de manera que, orgullosa del tanto que acabo de anotarme, avanzo y pago. Ostras, menudo sablazo. ¡Siete euros con cincuenta por un poco de nata y tres capuchinos! Este mundo no hay quien lo entienda.
Meto en la cartera los dos euros con cincuenta de la vuelta y me marcho.
Antes de salir, veo que el hombre elegante hace un ademán para dejar pasar a la «coloreada». Y ella avanza como si nada, arqueando una ceja y haciendo incluso una extraña mueca como si dijese «menos mal». La observo más detenidamente: lleva unos pantalones demasiado ajustados, un cinturón enorme con una H en el centro, un grueso collar de oro o algo por el estilo con dos grandes C y, cuando se vuelve para marcharse, veo que en el culo, que no es moco de pavo, le asoman una D y una G. ¡Esa tía es un alfabeto andante! ¡Y el tipo elegante la ha dejado pasar!
Es lo que hay. Cuando quieren, los hombres saben cómo dejarse engañar, desde luego.
Sin embargo, uno que no permitirá que lo engañen nunca es Rusty James. Yo lo llamo así porque, en mi opinión, tiene algo de americano. En realidad se llama Giovanni, es italiano de los pies a la cabeza y, sobre todo, es mi hermano. Rusty James. Erre Jota. R. J. Tiene veinte años, el pelo largo, siempre está moreno, a pesar de que no hace nunca rayos UVA, tiene un cuerpo que, según dicen todas mis amigas., tira de espaldas, cosa que yo suscribo, pese a que no puedo añadir mucho más ya que soy su hermana y, de otra forma, cometería pecados aún más graves que el que voy a cometer hoy. Pero de eso hablaremos después, ya lo he dicho. En cualquier caso, R.es genial. Siempre me apoya y me comprende. Me basta mirarlo, el me sonríe, cabecea, se atusa el pelo, me devuelve la mirada y me hace enrojecer porque me doy cuenta de que lo ha entendido todo.
