MADRE (a El).- ¡¿Viste?!


ELLA (a El).- ¡¿Viste?!


EL (porfiado).- Abuela, ¿para qué se le corta la punta?


ABUELA.- Hombre, ¡le corto la punta para que me pueda entrar en la asadera! Mi horno es tan chico que…


(Cae el telón)


El ejemplo es, para mí, gráfico y concluyente.


Ahora el problema cambia: ¿Cómo diferencio el recuerdo útil, de la estupidez? ¿Cómo separo el aprendizaje y la experiencia, del prejuicio (etimológicamente: juicio-previo)?


Quizás éste sea el más trascendente de los desafíos para quienes intentamos vivir nuestras vidas en conexión con el aquí y ahora.


Me doy cuenta de que sólo puedo aportarte algunos elementos:


1.- La experiencia es vivida en forma global, por toda la persona (holísticamente, como diría Perls). El prejuicio es solamente intelectual.


2.- La experiencia puede ser cuestionada por mí permanentemente, sin conflictos. El prejuicio es concluyente, no admite revisiones.


3.- La experiencia me contacta con el episodio que vivo. El prejuicio es evitador.


4.- En resumen: la experiencia enriquece mi campo sensible, mi sentir, mi vivenciar, mi imaginar… El prejuicio me achica, me encapsula. El prejuicio es, en una palabra, un condicionamiento.


Volvamos al principio.


Si la idea de salud incluye la de libertad, no podemos hablar de terapia sin el concepto de desacondicionar.


No dudo de que la intención psicoanalítica básica sea desacondicionar, pero encuentro que algunos colegas sólo consiguen cambiar algunos condicionamientos enfermos por otros "más sanos" sin dejar de ser condicionamientos.


Lo que yo, y otros como yo, queremos hacer es realmente desacondicionar. Devolver al individuo su libertad, su capacidad de decidir, de actuar, de vivir… En última instancia, que recupere su capacidad de elegir.



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