
– Las campañas comerciales en televisión y en Internet funcionan de maravilla. Piensa globalmente y no habrá límites. Multinacionales de varios continentes pagan cifras de siete y ocho dígitos a los artistas capaces de dar con una imagen que sea reconocida mundialmente.
Ella parpadeó.
– ¿Cuánto tiempo llevas pensando sobre ello?
– Desde que empecé a imprimir los calendarios para Diseños Duchess. Tienes un toque genial, Piper, y quizá con mi ayuda puedas sacarle más partido.
– Me gusta tu forma de pensar. ¿Puedes pasarte sobre las siete?
– Allí estaré con algunas ideas que llevo madurando durante algún tiempo.
– ¿Alguna vez le dijiste a Greer algo sobre esto?
– ¿Tu qué crees?
– Tienes razón. ¡Qué pregunta más tonta!
Nadie, excepto Max, le había dicho nunca nada a Greer. El se las había apañado para besarla a bordo del Piccione y le había hecho pasar una noche arrestada en una prisión italiana después de la cual, él se le había declarado. Fue el camino directo a su corazón y ella acabó lanzándose a sus brazos.
Luc había actuado de forma diferente. Después de romperle el corazón a Olivia por culpa de un terrible malentendido, él la había hecho regresar a Europa con falsas pretensiones. Después la había encerrado en una limusina teledirigida llamada Cog que él mismo había diseñado. Se las había ingeniado tan bien para acabar con sus defensas que Olivia prácticamente se había derrumbado y lo había perdonado.
Era horrible.
Piper se alegraba por los cuatro. Realmente se alegraba, pero no quería pensar en sus cuñados porque empezaría a pensar en Nic, y esa clase de pensamiento era desastroso.
Veintiséis de enero. Marbella, España.
– ¿Señor Pastrana?
– ¿Si, Filomena?
Nic estaba a punto de marcharse de la oficina en el Banco de Iberia. Desde que habían reestructurado su red de oficinas, el banco disfrutaba de un trimestre en el que las operaciones financieras habían superado sus expectativas, pero eso no parecía alegrarlo mucho.
