
– No es más que uno de los libros que compré en la librería Wittnower's antes de salir de Londres. -Y antes de que su tía pudiera seguir cuestionándola, añadió apresuradamente-: ¿Te encuentras mejor después de tu siesta?
– Sí. -Tía Delia acompañó su respuesta con una mueca resignada y estiró el cuello a uno y otro lado-. Aunque me alivia saber que por fin llegaremos hoy a Cornwall y dejaremos de estar confinadas en este coche.
– Estoy de acuerdo contigo.
El viaje desde Londres había resultado largo y arduo, un viaje que Victoria no habría realizado en circunstancias normales. Si alguien le hubiera sugerido que iba a renunciar por propia voluntad a la comodidad, al glamour y al torbellino social de la sociedad londinense -sobre todo en el momento en que la temporada estaba a punto de dar comienzo- para trasladarse a las remotas e incivilizadas tierras de Cornwall, le habría dado un ataque de risa. Aunque bien es cierto que poco podía imaginar que dispondría de la oportunidad idónea para vengarse merecidamente del hombre que la había agraviado en el pasado. Armada con su ejemplar de la Guía femenina, que había leído con suma atención, y con un plan de ataque claramente diseñado, estaba preparada. Aun así, seguía incómoda ante lo poco oportuno del viaje.
– Todavía no puedo creer que papá haya insistido en que hagamos este viaje justo ahora. Sin duda podríamos haber esperado unas semanas.
– Con el tiempo aprenderás, querida mía, que hasta los hombres más joviales son, en el fondo, irritantes criaturas.
– Como irritante es lo inoportuno de este viaje -dijo Victoria.
La irritación que llevaba burbujeando bajo su piel desde que había sido incapaz de convencer a su padre para que retrasara el viaje volvió una vez más a superarla. Por motivos que no era capaz de descifrar, no había logrado convencer a su padre, un hombre normalmente indulgente.
