– Supongo que se estará preguntando por qué necesitaba hablar con usted. No fui muy comunicativa por teléfono.

– No importa -dije-, pero sentí curiosidad. ¿Hay algún problema? ¿Qué puedo hacer por usted?

Ella asintió con la cabeza y se miró las manos, que sostenían un bolsito bordado con cuentas negras. Parecía algo comprado para el funeral.

– Algo va muy mal y no sé a quién recurrir. Conozco lo suficiente por Terry, me refiero a que sé cómo trabajan, para saber que no puedo acudir a la policía. Todavía no. Además, ya vendrán ellos a verme. Pronto, supongo. Pero hasta entonces, necesito alguien en quien pueda confiar, que me ayude. Puedo pagarle.

Inclinándome hacia delante, puse los codos en las rodillas y junté las manos. Sólo la había visto en esa ocasión, en el funeral. Su marido y yo habíamos estado próximos en una ocasión, pero no en los últimos años, y ya era demasiado tarde. No sabía de dónde provenía la confianza de la que hablaba.

– ¿Qué le contó Terry para que confíe en mí? Para que me haya elegido. Usted y yo ni siquiera nos conocemos, Graciela.

Ella asintió con la cabeza como si se tratara de una buena pregunta y una apreciación justa.

– En un momento de nuestro matrimonio Terry me contó todo de todo. Me habló del último caso que investigaron juntos. Me contó lo que ocurrió y cómo se salvaron la vida mutuamente. En el barco. Eso me hace pensar que puedo confiar en usted.

Asentí.

– En una ocasión me contó algo que recordaré siempre -agregó-. Me dijo que había cosas de usted que no le gustaban y con las que no estaba de acuerdo. Creo que se refería a su forma de actuar. Pero añadió que si de entre todos los policías y agentes que había conocido y con los que había trabajado tenía que elegir a alguien para investigar un asesinato, lo elegiría a usted. Con los ojos cerrados. Dijo que lo elegiría porque no se rendiría.



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