
– ¡Dios mío! -se quedó mirando el rostro macilento de aquel hombre.
El orificio perfectamente redondo de la bala, pequeño y negro, se destacaba sobre su blanca frente. Maggie oía el bisbiseo del líquido que se derramaba detrás de su cabeza y que seguía aún contenido dentro de la bolsa.
La voz de Stan la sobresaltó.
– ¿Qué pasa? -dijo, inclinándose sobre el cuerpo para ver qué la había asustado-. Debe de ser el agente. Me dijeron que había muerto uno -parecía impaciente.
Maggie retrocedió. Un sudor frío bañaba su cuerpo. De pronto le flaquearon las piernas y se agarró a la encimera. Stan la miraba fijamente; la preocupación parecía haber reemplazado a la impaciencia en su expresión.
– Lo conozco -fue la única explicación que logró darle Maggie antes de correr hacia el lavabo.
Capítulo 3
Condado de Suffoik, Massachusetts
RJ. Tully odiaba el estruendo de las aspas del helicóptero. No le daba miedo volar, pero cuando iba en helicóptero se daba cuenta de que se movía a cientos de pies sobre la tierra, metido en una burbuja motorizada. Y un armatoste tan ruidoso no podía ser seguro. Se alegraba, sin embargo, de que el ruido estorbara cualquier intento de conversación. El director adjunto Cunningham le había parecido agitado y nervioso durante todo el viaje. Aquello preocupaba a Tully. Hacía casi un año que conocía a Cunningham, y en ese tiempo nunca le había visto revelar emoción alguna, fuera de fruncir el ceño. Aquel tipo ni siquiera decía tacos.
