
– Necesito saber los nombres -dijo. No era una pregunta. Era una orden.
– No estoy autorizado para…
– Lo entiendo -le interrumpió Cunningham-. Le doy mi palabra de que no se meterá en un lío, pero, si lo sabe, necesito que me lo diga. Necesito saberlo ya.
El soldado se puso firme otra vez, pero le sostuvo la mirada a Cunningham sin vacilar. Parecía decidido a no divulgar ningún dato. Cunningham pareció darse cuenta, y a Tully lo dejó estupefacto lo que le oyó decir a su jefe un instante después.
– Por favor, dígamelo -dijo Cunningham en tono apacible y casi conciliador.
A pesar de que no conocía al director adjunto, el soldado pareció percibir cuánto esfuerzo le había costado pronunciar aquellas palabras. Se relajó y su rostro pareció suavizarse.
– Le aseguro que no puedo decirle todos los nombres, pero el agente especial que resultó muerto era un tal Delaney.
– ¿Richard Delaney?
– Sí, señor. Eso creo, señor. Era el negociador del equipo de rescate de rehenes. Por lo que he oído, les había convencido para hablar. Lo invitaron a entrar en la cabaña y entonces los muy cabrones abrieron fuego… Disculpe, señor.
– No, no se disculpe. Y gracias por decírmelo.
El soldado se giró para conducirlos a través de la arboleda, pero Tully se preguntó si Cunningham sería capaz de recorrer el abrupto sendero. Se había quedado blanco y su paso, normalmente firme y erguido, parecía un tanto tambaleante.
– La he jodido bien -dijo lanzándole a Tully una rápida mirada-. He mandado a la agente O'Dell a hacerle la autopsia a un amigo.
Tully comprendió entonces que aquel caso era distinto. El solo hecho de que Cunningham hubiera empleado las expresiones «por favor» y «joder» el mismo día, y en el intervalo de una hora, era una pésima señal.
