
Y estaba harta. Harta de que la tratasen con condescendencia, harta de que todo el mundo la utilizara, harta de sentirse fracasada. Si se echaba atrás ahora, ¿dónde acabaría? Miró sus ojos color verde dinero y supo que había llegado la hora de recurrir a la reserva genética de los Granger y mostrarse implacable.
– Me encontré un cadáver bajo el coche. -Era casi verdad. Ratón había sido un peso muerto.
Afortunadamente, la Pitón no pareció impresionada; probablemente había dejado tantos cadáveres en su carrera hacia la cima que el concepto mismo de la muerte le aburría. Soltó un profundo suspiro.
– Toda esa burocracia… hizo que me retrasara. Si no, habría llegado puntual. Más que puntual. Soy extraordinariamente responsable. Y profesional. -Se quedó sin aire-. ¿Le importa que me siente?
– Sí.
– Gracias. -Annabelle se dejó caer en el sillón más cercano.
– Es dura de oído, ¿verdad?
– ¿Cómo?
El la escrutó unos instantes antes de dirigirse a su recepcionista:
– No me pases llamadas durante cinco minutos, Sylvia, a menos que se trate de Phoebe Calebow. -La mujer salió, y él dejó escapar un suspiro de resignación-. Supongo que usted es la amiga de Molly. -Incluso sus dientes resultaban intimidantes: fuertes, cuadrados y muy blancos.
– Compañeras de colegio.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
– No quiero ser grosero, pero no ando sobrado de tiempo.
¿A quién quería tomar el pelo? Lo suyo era ser grosero. Se lo imaginó en la universidad, sacando por la ventana del dormitorio algún pobre empollón o riéndose a la cara de alguna novia sollozante y presumiblemente embarazada. Adoptó una postura más recta a fin de transmitir confianza en sí misma.
