
Tuvo que atravesar un macizo de flores para llegar a la ventana del comedor, en el mismo lado de la casa. Hizo lo posible por no pisotear las violetas. Se apretujó detrás de un macizo de lilas y llegó al cristal.
Qué raro, pensó. No veía nada. Distinguía la forma de las cortinas, descorridas como las demás, pero nada más. Daba la impresión de que estaban, sucias, cochinas incluso, lo cual resultaba aún más extraño, porque la ventana de la cocina estaba limpia como agua de arroyo y la casa se veía blanca como un cordero. Frotó el cristal con los dedos. Lo más extraño de todo. El cristal no estaba sucio. Por fuera no, al menos.
Algo repiqueteó en su mente, una especie de advertencia que no pudo concretar. Era como una bandada de escribanos en pleno vuelo, primero suave, luego ruidosa, y más ruidosa aún. El estruendo de su cabeza provocó que sintiera los brazos débiles.
Salió del macizo de flores. Volvió sobre sus pasos. Probó la puerta posterior. Cerrada con llave. Corrió hacia la puerta principal. También cerrada. Se precipitó a la parte sur de la casa, donde crecían las vistarias contra las tablas de madera negra expuestas. Dobló la esquina y avanzó por el sendero de losas que bordeaba el muro oeste del edificio. Al final, encontró la otra ventana del comedor.
Esta no estaba sucia, ni por fuera ni por dentro. Se agarró al antepecho. Respiró hondo. Miró.
A primera vista, todo parecía normal. La mesa cubierta de arpillera, las sillas que la rodeaban, el hogar abierto, con la pared posterior de hierro y los calientacamas de cobre colgados sobre los ladrillos. Todo parecía correcto. El aparador de pino albergaba los platos; un palanganero antiguo contenía los elementos necesarios para las bebidas. A un lado de la chimenea había una pesada butaca, y al otro lado de la sala, al pie de la escalera, la butaca gemela…
Martin apretó los dedos sobre el antepecho de la ventana. Notó que una astilla se hundía en su palma.
