El que esto incluyera además la posibilidad de encontrar agua con la que salvar su vida era algo en lo que no pensaba, pues se daba ya por muerto. La única ventaja de parar ahora era que podía pasar el resto de su vida en la sombra, lo que resultaba más cómodo que viajar más lejos bajo la radiación de dos soles. Como era lógico, siguió caminando.

Anduvo, trepó o escaló, según lo exigieran las circunstancias, mientras el sol rojo seguía subiendo y creciendo. Estaba empezando a dirigirse también hacia el este, pero el constante movimiento de Arren hacia el oeste le servía por lo menos de útil guía. Quizá las correcciones de rumbo de Dar eran un poco ambiguas; tal vez su camino hacia el final no era una verdadera ruta, ya que conforme pasaba el tiempo y subía la temperatura su mente se iba ocupando más en los torturantes mensajes de sed que su cuerpo le enviaba.

Un ser humano hubiera muerto y se habría secado mucho antes. Sin embargo, Dar Lang Ahn no tenía glándulas sudoríparas y su tejido nervioso podía soportar temperaturas casi tan altas como el Punto de ebullición del agua, no perdiendo en consecuencia el precioso líquido con la rapidez de los hombres. De cualquier manera, se perdía un poco de agua cada vez que respiraba, con lo que esto se le fue haciendo progresivamente más doloroso. Ya no estaba seguro de si la ondulación del paisaje que tenía enfrente se debía al calor o a sus propios ojos; con frecuencia tenía que fijar sus dos ojos en el mismo objeto para cerciorarse de estarlo viendo con exactitud. Durante breves instantes le parecía que tomaban forma de seres con vida los pequeños salientes de las rocas; hasta en una ocasión fue capaz de abandonar el camino elegido para investigar una plancha de lava. Tardó largos segundos en darse cuenta de que nada se escondía detrás de aquello.



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