
En las colinas, Falk advirtió que seguía el curso de alguna gran carretera antigua, porque el camino se abría a través de las serranías y dos mil años no lo habían borrado enteramente. Pero los árboles crecían en él y a sus lados, pinos y abetos, grandes macizos de acebos en las lomas, tramos de hayas, robles, nogales, alisos, fresnos y olmos, todos ellos superados y coronados por los imponentes castaños que ahora perdían sus hojas amarillo obscuro y sus frutos pardos a lo largo de camino. Por la noche cocinaba el gorrión o la liebre o la gallina salvaje que cazara entre la infinidad de caza menor que se escabullía y revoloteaba en este reino de los árboles; recogía nueces de haya y nueces de nogal y cocinaba las castañas sobre las brasas del fuego que encendía al acampar. Pero las noches eran malas. Dos sueños pesadillescos lo perseguían diariamente y siempre lo sorprendían a medianoche. En uno era perseguido furtivamente, entre las sombras, por una persona que no se dejaba ver. El otro era peor. Soñaba que había olvidado traer algo consigo, algo importante, esencial, sin lo cual estaba perdido. De este sueño despertaba y sabía que era verdadero: estaba perdido; era de él de quien se había olvidado. Entonces, si no llovía, encendía el fuego y se agachaba junto a éste, demasiado adormilado y perturbado por el sueño como para leer el libro que había traído, el Antiguo Canon, y buscar consuelo en las palabras que afirman que, cuando todos los caminos se han perdido el Camino se abre claramente. Un hombre completamente solo es una cosa miserable. Y él sabía que ni siquiera era un hombre sino, a lo sumo, una especie de ser a medias, que intentaba lograr su totalidad en su tentativa por cruzar, desamparado, un continente, bajo estrellas indiferentes. Los días eran todos iguales, pero significaban, sin embargo, un alivio, después de las noches.
Todavía llevaba la cuenta de ellos, y se encontraba a once días del cruce de caminos, es decir, en su décimo-tercer de viaje, cuando llegó al término del Hirand Road.