Buscó vados y tropezó en cenagosas praderas anegadas, todo bajo una fría y tupida lluvia. Finalmente, cuando encontraba una salida del lóbrego valle, el tiempo comenzó a mejorar, y, al trepar la ladera el Sol se le adelantó por debajo de las nubes y envió una invernal gloria de rayos entre las desnudas ramas, haciéndolas brillar y también a los troncos y al suelo con dorada humedad. Eso lo alegró; prosiguió con denuedo, pensando en caminar hasta que terminara el día antes de acampar. Todo brillaba, ahora, y estaba completamente silencioso excepto por el goteo de la lluvia desde los extremos de las ramitas y el lejano silbido anhelante de un paro. Luego escuchó, como en su sueño, los pasos que lo seguían, hacia el lado izquierdo.

Un roble caído que había sido un obstáculo se convirtió en un instante en una defensa: se dejó caer detrás y, al par que apuntaba con el rifle, dijo en voz alta:

—Déjate ver.

Durante un momento largo nada se movió.

—¡Sal afuera! —dijo Falk telepáticamente, y se aprestó para la respuesta aunque tenía miedo de ella.

Tenía una sensación de extrañeza; había un olor ligeramente rancio en el aire.

Un jabalí salvaje salió de entre los árboles, cruzó sobre sus huellas y se detuvo para olfatear el suelo. Un chancho salvaje magnífico, grotesco, con un poderoso lomo, colmillos, patas cortas y rápidas cubiertas de suciedad. Por encima del hocico, de los colmillos y de las púas, los pequeños ojos brillantes miraban a Falk.

—Ah, ah, ah, hombre, ah —dijo la criatura resoplando.

Los tensos músculos de Falk saltaron y su mano se crispó sobre el gatillo de su pistola láser. No disparó. Un jabalí herido era terriblemente peligroso. Se agazapó y permaneció absolutamente inmóvil.

—Hombre, hombre —dijo el chancho salvaje, la voz espesa y opaca brotaba del hocico lleno de cicatrices— háblame telepáticamente. Háblame telepáticamente. Las palabras me hacen daño.



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