– Ya está -dijo-. ¡Ya tienes un hijo idiota que sonría por ti! -No quiso ni coger a Hassan entre sus brazos, y, cinco días después, se marchó.

Baba contrató a la nodriza que me había criado a mí para que hiciera lo propio con Hassan. Alí nos explicó que era una mujer hazara de ojos azules procedente de Bamiyan, la ciudad donde estaban las estatuas gigantes de Buda.

– Tiene una voz dulce y cantarina -nos decía.

A pesar de saberlo de sobra, Hassan y yo le preguntábamos qué cantaba… Alí nos lo había contado centenares de veces. Pero queríamos oírlo cantar.

Entonces se aclaraba la garganta y entonaba:

Yo estaba en una alta montañay grité el nombre de Alí, León de Dios.Oh, Alí, León de Dios, Rey de los Hombrestrae alegría a nuestros apenados corazones.

A continuación nos recordaba que entre las personas que se habían criado del mismo pecho existían unos lazos de hermandad que ni el tiempo podía romper.

Hassan y yo nos amamantamos de los mismos pechos. Dimos nuestros primeros pasos en el mismo césped del mismo jardín. Y bajo el mismo techo articulamos nuestras primeras palabras.

La mía fue «Baba».

La suya fue «Amir». Mi nombre.

Al recordarlo ahora, creo que la base de lo que sucedió en aquel invierno de 1975, y de todo lo que siguió después, quedó establecido en aquellas primeras palabras.

3

La tradición local cuenta que, una vez, mi padre luchó en Baluchistán contra un oso negro sin la ayuda de ningún tipo de arma. De haber sido cualquier otro el protagonista de la historia, habría sido desestimada por laaf, la tendencia afgana a la exageración; por desgracia, una enfermedad nacional.



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