Saltamos la valla que rodeaba los barracones, atravesamos a brincos el pequeño riachuelo e irrumpimos en el polvoriento campo donde había unos cuantos tanques viejos y abandonados. Un grupo de soldados, sentados en cuclillas a la sombra de uno de los tanques, fumaban y jugaban a las cartas. Uno de ellos alzó la vista, le dio un codazo al que tenía a su lado y llamó a Hassan.

– ¡Eh, tú! -dijo-. Yo a ti te conozco…

Nunca lo habíamos visto. Era uno de los hombres que estaban agachados. Tenía la cabeza afeitada y una incipiente barba negra. Su maliciosa manera de sonreírnos me espantó.

– Sigue andando -le murmuré a Hassan.

– ¡Tú! ¡El hazara! ¡Mírame cuando te hablo! -ladró el soldado. Le pasó el cigarrillo al tipo que estaba a su lado y formó un círculo con los dedos pulgar e índice de una mano. Luego introdujo el dedo medio de la otra mano en el círculo y lo sacó. Hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro y hacia fuera-. Conocí a tu madre, ¿lo sabías? La conocí muy bien. Le di por atrás junto a ese riachuelo. -Los soldados se echaron a reír. Uno de ellos emitió un sonido de protesta. Le dije a Hassan que siguiera caminando-. ¡Vaya coñito prieto y dulce que tenía! -decía el soldado a la vez que cogía las manos de sus compañeros y sonreía.

Más tarde, en la penumbra del cine, escuché a Hassan, que mascullaba. Las lágrimas le rodaban por las mejillas. Me removí en mi asiento, lo rodeé con el brazo y lo empujé hacia mí. Él descansó la cabeza en mi hombro.

– Te ha confundido con otro -susurré-. Te ha confundido con otro.



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