Sus cuerpos chocaron en un torpe encontronazo, y la muchacha dejó escapar un femenino grito de sorpresa mientras rebotaba contra él y aterrizaba, poco elegantemente, en el suelo. Una horquilla, o cinta, o lo que fuera que las mujeres usaran, voló de su pelo, causando que un grueso mechón de pálido cabello dorado se deslizara de su peinado y cayera desmañadamente sobre su hombro.

“Le pido perdón,” dijo James, tendiendo una mano para ayudarla a levantarse.

“No, no,” contestó ella, sacudiendo sus faldas. “Ha sido completamente culpa mía. No miraba por donde iba.”

Ella no se había molestado en tomar su mano para levantarse, y James se encontró extrañamente decepcionado. La muchacha no llevaba guantes, y tampoco él, y sentía una extraña compulsión de sentir el tacto de su mano en la suya.

Pero no podía decir semejante cosa en voz alta, así que en su lugar, se agacho para ayudarla a recuperar sus pertenencias. Su ridículo había volado abierto cuando cayó a tierra, y sus pertenencias estaban ahora desparramadas alrededor de sus pies. Le tendió los guantes, lo que ocasionó que se ruborizara.

“Hace mucho calor,” explicó ella, mirando los guantes con resignación.

“No se lo tendré en cuenta,” dijo él con una pequeña sonrisa. “Como puede ver, yo también he elegido usar el buen tiempo como excusa para no ponerme los míos.”

Ella miró fijamente sus manos, antes de sacudir la cabeza y murmurar, “Esta es la más extraña conversación.” Se arrodilló para seguir recogiendo sus cosas y James continuó ayudándola. Recogió un pañuelo y estaba a punto de alcanzar un libro cuando, repentinamente, ella emitió un extraño ruidito -algo parecido a un grito estrangulado-y se lo arrebató de entre los dedos.

James, de repente, se encontró profundamente interesado en saber qué contenía ese libro.



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