Caminando despacio (el tobillo latía dolorosamente) fue a la cocina. Se agachó para abrir la puerta del horno y vaya a saber por qué alcanzó a darse vuelta justo a tiempo para ver a Tom y Soledad ya definitivamente aliados (pero qué bueno que los hermanos sean unidos, que se ayuden entre ellos), sus cuatro manitas empujándola desde su inestable posición, en cuclillas, contra el horno caliente. Pudo moverse hacia un costado antes de caer, quemándose solamente el antebrazo izquierdo, que rozó la puerta abierta. Puteó de dolor y también de miedo. Sin decir nada, mirándolos fijamente, jadeando, puso la zona quemada debajo del chorro de agua fría. Eso la alivió enseguida.

– Mamá dijo una mala palabra -dijo Tom.

– De veras no sabíamos que el horno estaba caliente de verdad, mamita perdóname, queríamos jugar a Hansel y Gretel, de veras que no sabíamos.

– La bruja mala se quemó en el horno y se hizo de chocolate rico y se la comieron -dijo Tom-. Mamá dice malas palabras.

– De veras que no sabíamos -repitió Soledad, con cierta monotonía.

Mamita pensó que no le creía y también que estaba loca por no creerle. Sus hijos. Los quería. La querían. El amor más grande que se puede sentir en este mundo. El único amor para siempre, todo el tiempo.

El Amor Verdadero. Necesitaba estar un momento sola, pensar en la llamada, en la voz lejana, con ecos. Llorar. Ponerse Cicatul en la quemadura, que ardía ferozmente. Fue al baño. Una mujer organizada ya lo habría secado. El baño seguía mojado. Una buena madre. Tom la siguió.

– Tom, mi vida, mamita tiene que estar un momentito sola en el baño.

– ¿Para qué?

– ¡Para hacer CACA! A mamita le gusta estar sola cuando hace caca, ¿sabes?

– A mí no. A mí me gusta más que me hagan compañía cuando hago caca.

– Pero a mí me gusta estar sola.

– A mí también -intervino Soledad-. Porque yo ya soy grande. Tom es un bebé.

– Yo no soy ningún bebé -aulló Tom.



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