– ¡Soledad! ¡Me alcanzas del baño la cremita para la cola del bebé! -pidió mamá.

Soledad apareció con inesperada, inhabitual rapidez. Traía el frasco de Dermatol y las manos mojadas.

– ¿Qué estabas haciendo en el baño?

– Nada mamá, lavándome las manos.

Tom gritó. Mamá dejó al bebé, limpio y seco pero todavía sin pañales, en la cuna corralito. Los gritos eran muy fuertes y venían del baño. Soledad se plantó delante de la puerta.

– No entres ahí mamita, de verdad, por favor, no entres, perdóname.

Los alaridos de Tom eran más fuertes que el mismísimo sonido del televisor, inútilmente encendido en el living. Deslizándose por debajo de la puerta del baño, un flujo lento y constante de agua jabonosa inundaba la alfombra del pasillo haciendo crecer una mancha de color obscuro. Mamá empujó a Soledad y abrió la puerta. Tom tenía la cara pintada de varios colores y en el pelo un pegote de pasta dentífrica. Sus cosméticos estaban tirados en el suelo, empapados, en medio del charco de agua que provocaba el desborde del bidet. Soledad había salido corriendo, seguramente para esconderse en el ropero.

Mamá sacó el tapón del bidet y forcejeó con las canillas.

– No pude cerrarlas -lloriqueó Tom.

Para mamá tampoco era fácil. Habían sido abiertas hasta su punto máximo y giraban en falso. Después de varios intentos lo consiguió. Sonó el teléfono. Mamá se obligó a quedarse en el baño hasta ver el bidet vacío y asegurarse de que no salía más agua. Después fue a atender.

Al levantar el tubo escuchó el característico sonido que precedía las comunicaciones de larga distancia.



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