corte del Rey Felipe, tan aficionado a la música, según se dice, que nunca viajaba sin llevar consigo un órgano de palo que, en descansos, tañía el ciego Antonio de Cabezón”), clarincillos, adufes, panderos, panderetas y atabales, y hasta unas “tipinaguas”, de las que hacen los indios con calabazos -porque, en aquel universal concierto se mezclaron músicos de Castilla y de Canarias, criollos y mestizos, naboríes y negros.-“¿Blancos y pardos confundidos en semejante holgorio? -se pregunta el viajero-: ¡Imposible armonía! ¡Nunca se hubiese visto semejante disparate, pues mal pueden amaridarse las viejas y nobles melodías del romance, las sutiles mudanzas y diferencias de los buenos maestros, con la bárbara algarabía que arman los negros, cuando se hacen de sonajas, marugas y tambores!… ¡Infernal cencerrada resultaría aquélla y gran embustero me parece que sería el tal Balboa!” Pero piensa asimismo -y ahora más que antes- que el bisnieto de Golomón sería el mejor sujeto posible para heredar las galas del difunto Francisquillo, y una mañana, hechas a Filomeno las proposiciones de entrar a su servicio, el forastero le prueba una casaca roja que le sienta magníficamente. Luego le pone una peluca blanca que lo hace más negro de lo que es. Con los calzones y las medias claras se las entiende bastante bien. En cuanto a los zapatos de hebilla, sus juanetes se le resisten un tanto, pero ya se irán acostumbrando… Y, hablado lo que había de hablarse, arreglado todo con el posadero, sale el Amo, tocado de jarano, hacia

el embarcadero de Regla, en aquel amanecer de septiembre, seguido por el negro que sobre su cabeza alza una sombrilla de paño azul con flecos plateados. El servicio del desayuno con tazas grandes y tazas chicas, todas de plata, la bacía y el orinal, la jeringa de las lavativas -también de plata-, la escribanía y el estuche de las navajas, el relicario de la Virgen y el de San Cristóbal, protector de andariegos y navegantes, vienen en cajas, seguidas de otra caja que guarda los tambores y la guitarra de Filomeno, cargadas a lomo de esclavos a quienes el criado, ceñudo bajo el escaso resguardo de un tricornio charolado, apura el paso, gritando palabras feas en dialecto de nación.



15 из 58