Se pasaba casi todo el día inclinada sobre un microscopio, anotando datos o trasladándolos a ficheros digitales, pero ella y Greg -cuando conseguían verse- siempre bromeaban diciendo que con una rata de laboratorio en su relación ya era suficiente. Aun así, a Kate le encantaba su trabajo. Packer empezaba a destacar en el seno de la comunidad científica y Kate tenía que reconocer que trabajar con él era la mejor opción que se le había presentado en mucho tiempo.

Además, Kate creía que su verdadera marca distintiva consistía en el hecho de ser la única persona que conocía capaz de recitar el Ten Stages of Cellular Development de Cleary y que además tuviese un tatuaje de la doble hélice del ADN en el trasero.

– Citosis fagocítica -explicó Kate-. Mola bastante la primera vez que lo ves, pero espera a que sean mil veces. Ahora mira lo que pasa.

Se volvieron a inclinar sobre el microscopio doble. Sólo quedaba una célula: Tristán, la más grande y con forma de garabato. El linfoblasto defectuoso casi había desaparecido.

Tina, impresionada, dejó escapar un silbido.

– Eso mismo en modelo vivo es premio Nobel seguro.

– Igual en diez años. Personalmente, me conformaría con una tesina de licenciatura -respondió Kate sonriendo.

En ese momento, su móvil empezó a vibrar. Pensó que sería Greg, a quien le encantaba enviarle fotos divertidas de las visitas, pero al mirar la pantalla sacudió la cabeza y volvió a meterse el móvil en el bolsillo de la bata.

– Madre sólo hay una… -suspiró.

Kate llevó a Tina a la biblioteca, donde había unas mil repeticiones de la línea de células madre en formato digital.

– ¡La obra de mi vida!



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