
Cuando salía, agitada, de la habitación, se topó con su madre.
— ¿Todo bien, Ellie?
— Sí, mamá.
Puso cara de indiferencia, pero le latía el corazón y sentía las manos húmedas. Se dirigió a su rincón favorito del patio y, con las rodillas apretadas contra el mentón, pensó en el mecanismo de la radio. ¿Eran necesarios todos esos tubos? ¿Qué pasaría si uno extraía de a uno por vez? En una oportunidad, su padre los había llamado «tubos vacíos».
¿Qué sucedía dentro de ellos? ¿Cómo hacían para entrar en la radio la música de las orquestas y la voz de los locutores? Éstos solían decir: «En el aire». ¿Acaso la radio se transmitía por el aire? ¿Qué pasaba dentro del receptor cuando uno cambiaba de estación? ¿Qué era la «frecuencia»? ¿Por qué había que enchufarla para que funcionara?
¿Se podría dibujar una especie de mapa para ver por dónde circulaba la electricidad dentro de la radio? ¿Sería peligroso desarmar una radio? ¿Se podría luego volver a armarla?
— ¿En qué andabas, Ellie? — le preguntó la madre, que regresaba en ese momento de recoger la ropa tendida.
— En nada, mamá. Pensaba, nada más.
Cuando tenía diez años, la llevaron en verano a visitar a dos primos odiados, en un grupo de cabañas junto a un lago de la península de Michigan. No entendía por qué, viviendo junto al lago de Wisconsin, decidían viajar cinco horas en auto para llegar a un lago similar, en Michigan, máxime para ver a dos chicos antipáticos, de diez y once años.
