
En los listados de la biblioteca local, había hecho una lista de las agencia de secretarias en Londres que ofrecían trabajo temporal con la esperanza de que su currículum impresionara lo suficientemente a alguien para darle una oportunidad. Al fin y al cabo, su currículum era realmente bueno.
Pero, ahora, una vez allí, tenía la desagradable sensación de estar fuera de lugar. Sólo su obstinado orgullo se negaba a admitir la posibilidad de que pudiera no ser la primera en algo, lo que le impedía levantarse del asiento y marcharse de allí a toda prisa. Eso… y Richie. Si él había logrado lo que se proponía, ¿por qué no ella también?
– Sí, tienes mucha suerte.
Amanda Garland estaba empezando a irritarla. La suerte no tenía nada que ver en eso, sino el trabajo.
Había realizado su secretariado en una escuela de renombre y se había graduado con sobresaliente. Podía escribir en taquigrafía, sin esfuerzo, ciento sesenta palabras por minuto y mecanografiarlas con la misma facilidad. Y eso era lo que la había hecho llegar tan lejos.
– Bueno, no voy a entretenerte más. Le he prometido a Max que empezarías por la mañana. ¿Tienes sitio donde alojarte, Jilly? -preguntó Amanda, mirando la maleta que Jilly tenía en el suelo a su lado.
– Voy a hospedarme en casa de una prima hasta que encuentre un piso. La verdad es que tengo que llamarla para decirle que acabo de llegar… -iba a preguntar si podía hablar por teléfono, pero Amanda ya la estaba empujando a la puerta.
Amanda Garland se detuvo delante de la entrada de la agencia.
– Jilly, será mejor que te advierta que Max es muy exigente y que no admite que se tontee con él. Necesita desesperadamente alguien competente, una verdadera profesional de la taquigrafía. De no ser así…
De nuevo, la duda.
– ¿De no ser así? -repitió Jilly.
Amanda arqueó las cejas, sorprendida por la franqueza de Jilly.
– De no ser así, debo reconocer que no te habría considerado una candidata para el puesto.
