– Su secretaria está atendiendo a su madre, que está enferma, y la verdad es que no tengo idea de cuánto tiempo va a estar fuera. Al menos, varias semanas. Pero no te preocupes, si puedes trabajar para Max, podrás encontrar trabajo con cualquiera. Y con tus calificaciones, no me costará nada encontrarte otro trabajo.

– Bien. Bueno, gracias.

– Aún no me las des. Y recuerda lo que te he dicho de pararle los pies cuando sea necesario. Y toma un taxi. No quiero que te pierdas de camino a Kensington.

– Tengo un plano de la ciudad y…

– He dicho que tomes un taxi, Jilly. Le he prometido a Max que estarías allí por la mañana, y el transporte público de Londres no es de fiar. Le llamaré para decirle que estás de camino.

– Sí, pero…

– ¡Vete ya! ¡Se trata de una urgencia! Pídele la factura al taxista, Max la pagará.

Jilly no puso más objeciones. Hasta ese momento, nadie la había necesitado tanto como para pagarle un taxi. Si así era el trabajo en Londres, no le extrañaba que Gemma estuviera tan contenta allí. Salió de la agencia con la tarjeta con la dirección de Max Fleming en la mano y, en la acera, paró uno de los famosos taxis negros de Londres.


El taxi se detuvo delante de una elegante casa rodeada por una valla alta de ladrillo en una discreta plaza ajardinada de Kensington.

– Ya hemos llegado, señorita -dijo el taxista abriéndole la puerta.

Ella le pagó lo que el conductor le pidió y hasta le dio propina. El taxista le sonrió.

– Gracias. ¿Quiere la factura? -preguntó el taxista.

– Oh, sí. Gracias por recordármelo, no estoy acostumbrada a estos lujos.

Jilly recogió el recibo que él le ofreció, se volvió de cara a la puerta de hierro forjado y llamó al timbre.

– ¿Sí? -preguntó una mujer por el intercomunicador.

– Soy Jilly Prescott -respondió ella con firmeza-. Me envía la agencia Garland.



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