Quince días después me encontraba volando sobre el Atlántico en ese estado de incredulidad que desde siempre se apodera de mí ante cada viaje: como en un salto sin red, me parece mucho más probable, e incluso mas económico como hipótesis -la navaja de Ockham, hubiera dicho Seldom-, que un accidente de último momento me devuelva a mi situación anterior, o al fondo del mar, antes de que todo un país y la inmensa maquinaria que supone empezar una nueva vida comparezca finalmente como una mano tendida allí abajo. Y sin embargo, con toda puntualidad, a las nueve de la mañana del día siguiente, el avión horadó tranquilamente la línea de brumas y las verdes colinas de Inglaterra aparecieron con verosimilitud indudable, bajo una luz que de pronto se había atenuado, o debería decir, quizá, degradado, porque esa fue la impresión que tuve: que la luz adquiría ahora, a medida que bajábamos, una cualidad cada vez más precaria, como si se debilitara y languideciera al traspasar un filtro enrarecido.

Mi directora me había dado todas las indicaciones para que tomara en Heathrow el ómnibus que me llevaría directamente a Oxford y se había excusado varias veces por no poder recibirme a mi llegada: estaría durante toda esa semana en Londres en un congreso de Álgebra. Esto, lejos de preocuparme, me pareció ideal: tendría unos días para hacerme por mí mismo una idea del lugar y recorrer la ciudad, antes de que empezaran mis obligaciones. No había llevado demasiado equipaje y cuando el ómnibus se detuvo por fin en la estación no tuve problemas en cruzar la plaza con mis bolsos para tomar un taxi. Era el principio de abril pero me alegré de no haberme quitado el abrigo: soplaba un viento helado, cortante, y el sol, muy pálido, no ayudaba demasiado. Aun así pude ver que casi todos en la feria de la plaza y también el chofer paquistaní que me abrió la puerta estaban en manga corta. Le di la dirección de Mrs. Eagleton y mientras arrancaba le pregunté si no tenía frío. "Oh, no: estamos en primavera", me dijo, y señaló con felicidad, como una prueba irrefutable, ese sol raquítico.



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