
Taylor se sentía satisfecho. Había tenido un día atareado aunque productivo en las oficinas centrales de GenSys, una firma de biotecnología relativamente nueva que él mismo había fundado ocho años antes. La compañía había construido un edificio junto al río Charles de Boston, para reclutar a sus nuevos miembros aprovechando la proximidad de Harvard y el MIT, el Instituto de Tecnología de Massachusetts.
El viaje de regreso había sido más rápido que de costumbre, y Taylor no había tenido ocasión de terminar la lectura prevista para el día. Conociendo los hábitos de su jefe, Rodney, el chofer, se había disculpado por llegar tan pronto.
– Estoy seguro de que mañana podrá demorarse lo suficiente para compensarme -había bromeado Taylor..
– Haré todo lo posible, señor-había respondido Rodney.
De modo que Taylor no escuchaba la música ni veía la televisión. En cambio, leía atentamente el informe económico que debía presentar la semana siguiente en la junta de accionistas de GenSys. Pero eso no significa que permaneciera ajeno a lo que ocurría alrededor. Era absolutamente consciente del sonido del viento, el chisporrotear del fuego, la música y los diversos boletines de noticias en la televisión.
Así pues, cuando oyó el nombre de Carlo Franconi, alzó rápidamente la cabeza.
Lo primero que hizo fue coger el mando a distancia y subir el volumen del televisor del centro, que transmitía el noticiario local de una cadena filial de la CBS. Los presentadores eran Jack Williams y Liz Walker. Jack Williams había mencionado el nombre de Carlo Franconi y prosiguió diciendo que la cadena había obtenido una cinta de vídeo del asesinato de este famoso miembro de la mafia, vinculado con las familias del crimen de Boston.
"Dada la violencia de las escenas, dejamos a criterio de los padres la decisión de que los niños permanezcan frente a la pantalla -advirtió el presentador-.
