Algo separados. Más verdes que pardos, magnificados hasta el escándalo por la sombra de la pintura. O tal vez el pelo. Traté de imaginarte con la cara lavada y el pelo corto. No cambió nada, salvo la época. Una joven de los años veinte, vestido plateado muy suelto por encima de las rodillas, vincha, una estrellita en el pómulo y collar hasta el ombligo, bailando el shimmy con largas piernas indecorosas mientras adivina mis pensamientos y oculta sus propias ideas taciturnas de gata o de serpiente. Cambalache, habías dicho, arrastrando la segunda a. Tal vez era sólo eso, cierta cadencia en las palabras que le daba a tu voz un matiz burlón y un poco triste. Tal vez era yo. Mejor pido otro whisky, pensé, y le hice una seña al mozo. Dale nomás, decía Discépolo profetice y festivo, dale que va, que allá en el Horno nos vamo'a encontrar. Muy probable, sí. Lutero y Discépolo en el Horno, Gardel y Leguizamo en el Cielo, y yo a una cuadra de la Catedral de Córdoba con los pies empapados mirándote sobre un fondo de alegres bebedores de cerveza, perdiendo el tiempo en querer acostarme con vos como si fuéramos Cleopatra y Marco Antonio. Qué cambalache, realmente.

– Ya no llueve -dijiste, mirando hacia la calle.

– Estás aburrida.

– No. Seguí hablando.

O sea que he estado hablando. Seguramente ya te conté que mi madre me abandonó a los ocho años, seguramente ya te conté mis peores defectos transformándolos en patéticas o radiantes virtudes. Seguramente ya te hablé un poco de la locura y el suicidio.

– No me gusta hablar de mí -dije. Sonreías con aire burlón y adulto.

– Sí te gusta. -Pero de pronto, cambiando de opinión, me miraste a la cara con asombro. -No sé si te gusta.

Momento en el que por alguna razón me sentí perfectamente bien.

– Es lo único que me gusta -dije.

Y pedí el whisky y me encontré relatando a grandes rasgos uno de aquellos anticipados capítulos de mi biografía que, en vida, siempre me llenaban de melancólica ternura y hasta de cierto orgullo.



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