– Verónica. Que la persona que estás admirando se llama Verónica. Y de cerca no es tan joven, aunque es muy hermosa en todo sentido. Es la mujer de Cantilo. Pinta. Desciende de noruegos y de un caudillo puneño de la época de Rosas, es algo así como Civilización y barbarie ella sola. Pinta cuadros. No siempre, a veces duerme con poetas desesperados -decías esto en voz muy baja y sonreías hacia ellos. El dualismo me molestó. Los dos dualismos: también algo infantil en tu gesto unido a la minuciosa malignidad del verbo dormir. Verbo adulto y corrupto. -Tiene la manía de pensar en Perón.

– ¿Eh? ¿Quién?

– Por favor, él. Cantilo.

– Vamonos a cualquier otra parte. Este lugar es infecto y yo necesito hablar con vos.

Me miraste extrañada y murmuraste que desde hacía media hora me lo estabas pidiendo.

– Ya no podemos -dijiste después con naturalidad. Santiago venía hacia nosotros. Dijo que el caballero nos invitaba a compartir su mesa.

– Conoció a Arlt, le dice Roberto. En seguida te lo cuenta. Eso y lo de la cárcel. No le vayas a nombrar a Perón.

En ese momento sentí una especie de soledad repentina y al mismo tiempo antigua. Tenía que ver con vos, pero sobre todo con Santiago y conmigo. Un hueco de algo entre el jujeño y yo.

– De cualquier modo es un buen tipo -murmuró el jujeño cuando llegamos a la mesa-. Es como es.

– El doctor Cantilo quería conocerlo -casi gritó la señorita Cavarozzi-. íntimo de Roberto Arlt. Yo dije que me parecía notable. -Qué notable -dije.

Verónica y vos se besaron, cosa que en ciertas mujeres resulta inquietante. O a mí me inquieta. Ligeramente es pornográfico, pero así: como si a través de la mujer que está con uno, uno tuviera acceso a la del otro, el otro a la de uno, y ellas a su vez a cada uno de nosotros.

Cantilo dijo las veces que habremos hecho diabluras, de jóvenes.



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