
Una especie de juego en que la carta mágica puede aparecer en cualquier momento. Hay que estar muy alerta. Una palabra aparentemente casual o un gesto imperceptible: pequeños datos que luego se utilizarán para insistir en esa dirección o para cambiar de rumbo. Como cuando las fogatas de San Pedro y San Pablo, pensé esa noche, o pienso ahora, como perseguir un rostro en esas romerías de pueblo en las que me deslumbraba una muchacha desconocida y la buscaba guiándome por su vestido o el de sus compañeras, por alguien que va delante o detrás de ella hasta que en cualquiera de las vueltas el orden se desbarata y la muchacha ya no aparece detrás de quien debió aparecer. Se habla del sexo o de los sueños. Se habla del comunismo o de Bob Dylan o de Dios. Cada uno teme exagerar la importancia de esas pálidas señales y las palabras se dejan caer ambiguamente, de modo que al primer dato adverso un gesto o una pequeña aclaración puedan cambiar por completo el significado de lo que acabamos de decir, aunque es preciso demostrar que se tienen ciertas convicciones, para que el otro, que acaso piensa lo contrario, no diga sin querer algo que pueda estropearlo todo. Estábamos sentados en el bar del teatro Arlequín. Cartelitos, en las paredes amarillas, informaban provincianamente que en París también había teatros así, con bares incómodos y sombríos metidos en plena sala.
Pentesilea, leí; y pensé que eso explicaba muchas cosas. Viva la patria, pensé, somos chicos jugando a las visitas, a estar en París, a estrenar a Von Kleist. Un grupo de gente entró desde la calle. Entre ellos reconocí a Santiago. Lo acompañaban dos mujeres, de una voy a acordarme siempre: de la señorita Cavarozzi, parecida a los pájaros, un absurdo pájaro mal hecho de una especie un poco cómica, pero que no puede dejar de ser un pájaro, la pobre señorita Etelvina que quería llamarse Ethel y que ahora, abriendo y cerrando su manito, me saludaba desde lejos.