– Anda a cagar a los yuyos -dijo Santiago.

– Eso sí que es poesía. Pensar que ustedes inventaron la inspiración. Si a la gente la dejaran escribir a lo que salga, el planeta estaría lleno de mierda. Es la primera palabra que se le ocurre al ser humano. Sin ánimo de ofenderte, ¿no te parece un poco temprano para la ginebra, y hasta para el mate? ¿No se te ocurrió pensar, es un decir, que yo podría estar durmiendo?

Con beatífica naturalidad bebió otro trago. Me aseguró que levantarme temprano me devolvería el amor a la vida:

– Te noto un color ceniciento que no presagia nada bueno.

– Sí -dije señalando el porrón-, se ve que vos tenés ideas muy rígidas acerca de la salud.

– Si lo decís por la ginebra, es medicinal. Verte tomar anoche era un espectáculo escalofriante. Imagino que si esta mañana no te asistía con un vasito de algo… ¿Nunca te dijeron que tenés un aire a Ray Milland en Días sin huella? Ya te lo van a decir.

– Alcánzame la camisa.

Se levantó, riendo. Dijo que él le cantaba a la luna porque alumbra y nada más, que era un guitarrero. Me tiró la camisa por la cabeza.

– ¿Siempre te despenas así?

– No, a veces vuelvo todo embarrado.

– Ya me parecía -dijo Santiago-. A otros les produce nada más que cirrosis.

– Un médico de Rosario me lo advirtió hace unos días. Parece que tengo un hígado diamantino y soy inmune a la diarrea. Pero puede afectarme los sesos. De cualquier modo, nunca me emborracho antes de las cinco de la tarde. Ni uso trajes marrones. Como el duque de Edimburgo. Y vos podrías hacer lo mismo. -Me puse la camisa. -En realidad, nunca me emborracho.



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