
Como si debiera terminar un cuadro ajeno según el testimonio de alguien que habla otro idioma, o de un loco. Tengo junto a mí un viejo cuaderno Leviatán, escrito a lápiz, donde una parte de la historia ya sucedió de alguna manera: es como un mapa o una hoja de ruta que cada vez se parece menos al camino que siguen estas páginas. Tengo un mapa verdadero de la ciudad, con el nombre antiguo de sus calles y el recorrido de tranvías que ya no existen. Tengo, sobre todo, una libreta de notas que cabe en un bolsillo. La llevaba conmigo en ese viaje y es el único testimonio inapelable de aquellos dos días. Hay allí unos apuntes, marginales y de sentido casi secreto. Evocan una mancha en una pared; aluden a la forma equívoca y horrenda de un saco colgado en una silla. Hablan de Santiago, varias veces. Me recuerdan el título de una película que pasaban esa noche en el cine General Paz, un remolino de papeles y hojas secas en mi camino a la casa de Verónica. Hablan de Inés. Lo conmovedor en ella es su mirada, escribí: no los ojos, la mirada. Mira de un modo desolado y patético, como si estuviera reclamando de la gente actos grandiosos o perfectos. Las dos o tres veces que la he visto tuve la misma impresión, la de estar ante alguien que espera de mí o acaso de todo el mundo gestos heroicos o legendarios. Al comienzo de la tercera página dice: Graciela. Después, subrayada, la palabra marcas, en letras mayúsculas. En esa misma página hay un dibujo que representa la Plaza San Martín y las calles que la rodean; sólo que el Cabildo está donde debiera estar el Balcón del obispo Mercadillo y, junto al pasaje de las Catalinas, hay un signo de interrogación y la palabra verificar, lo que me hace pensar que lo dibujé en el hotel o quizá en Buenos Aires.