
Me reí con repugnante cordialidad.
– Así como me ves -dijo el jujeño-, yo estudié astronomía. Y no me desacomplejé. No sé si es Jujuy o el país, pero no me acostumbro a la Gravitación Universal. Más que nada yo me tomaría una ginebra.
Entramos en el bar o lo que fuera. Algo así como una cocina de campaña. Una mesa grande, sillas de paja y un banco largo de madera. Un fogón o un mostrador en algún lugar.
Bastián se sentó frente a mí. Yo dije:
– Vos estudiaste Filosofía y Letras, ¿no?
– No.
– ¿No?
Verónica y los demás, en el patio andaluz, rodeaban al doctor Urba y al padre Cherubini. Vi a Inés, muy cerca de la puerta. Me miraba con más alarma que de costumbre.
– No -dijo Bastián-. Son dos carreras distintas. Inés desapareció.
– Es lo mismo. Dan un método. Por eso, cuando me preguntan si se debe seguir o no una carrera, yo digo que sí. No hay cosa más importante que un método. Vos qué opinas, Santiago.
– Déjame de joder a mí con los métodos.
Habló sin violencia. Se levantó y trajo tres vasos. Sacó del bolsillo trasero del pantalón una cantimplorita de viaje, se sirvió él solo, y oí que si hay cuatro o cinco cosas como la gente en este país de opereta, cuatro o cinco cosas que nos salvan de que nos recojan con una pala de juntar bosta y nos tiren a la basura, ni apilando a todos los analfabetos que las hicieron alcanza para armar, con método o no, un alumno de escuela diferencial.
– Y por supuesto vos estás convencido de eso -dijo Bastián.
Me lo dijo a mí. ¿Estaba loco?
Hice un gesto ambiguo, yo, limpio y ecuánime flotando entre los eucaliptus. Y ahora reparaba verdaderamente en el doctor Urba, en sus ojitos. Dorados, pensé. Lo que pasa es que ese hombre tiene los iris dorados. Bastián sonreía, pero levemente de otro modo. Un tic colérico le deformaba el costado izquierdo de la cara; se mordía el labio.
