
– Mejor crucemos -dije.
Vos, ajena al ángel caído, al ojo, al corte de un hilo que era quizá la prueba de que los mundos se estaban precipitando por fin unos sobre otros, volviste a decir que te esperaban en tu casa.
– En serio -dijiste. ¿Por qué decías en serio?
– Porque me están esperando.
Sí, de acuerdo, pero yo no te preguntaba eso.
Sonreías.
– No entiendo la sutileza -dijiste con tranquilidad. Es casi mediodía, va a llover y además tengo hambre. No razono con astucia cuando tengo hambre.
Las mujeres siempre tienen hambre, pensé. Eso debe significar algo.
– Lo que te pregunto -dije- es quién insinuó que podía no ser cierto. Ya no sonreías.
– Sí, supongo que sí -dijiste-. Quiero irme -agregaste, con injustificada rapidez-. Es tarde.
Fue como si el aire se enrareciera de golpe. Era algo que podía sentirse en la piel y hasta olerse en la mañana, lo sentí como dicen que los animales presienten y olfatean un peligro. Estaba en la ciudad. Era algo que desde la noche anterior parecía modificar la consistencia de la realidad y las relaciones entre las cosas y yo, algo que tenía que ver con el tiempo y que ahora instalaba de otro modo tu cuerpo en esa calle, le daba un color distinto al balcón en ruinas, a los árboles de la plaza, a la casa del marqués.
