Vidriera en la que ahora estoy viendo algo indescriptible. Una catacumba. Una catacumba de cartón pintado en la que unos soldados romanos de yeso flagelan y martirizan a un hombre casi desnudo. Del techo, suspendido por un hilo demasiado delgado, baja, volando, un ángel que trae una espada rutilante en la mano derecha. Ese hilo está a punto de cortarse. Claro que, si se cortara, el universo entero podría estar contrayéndose, simultánea y catastróficamente, con todos nosotros dentro. La resistencia de un hilo no es proporcional a su sección. El hilo se cortó y el ángel se descabezó contra el piso de la catacumba, y San Esteban, ya que el flagelado no era otro, quedó a merced de esas bestias, ante la mirada hipnótica del ojo de los Rivarola.

– Mejor crucemos -dije.

Vos, ajena al ángel caído, al ojo, al corte de un hilo que era quizá la prueba de que los mundos se estaban precipitando por fin unos sobre otros, volviste a decir que te esperaban en tu casa.

– En serio -dijiste. ¿Por qué decías en serio?

– Porque me están esperando.

Sí, de acuerdo, pero yo no te preguntaba eso.

Sonreías.

– No entiendo la sutileza -dijiste con tranquilidad. Es casi mediodía, va a llover y además tengo hambre. No razono con astucia cuando tengo hambre.

Las mujeres siempre tienen hambre, pensé. Eso debe significar algo.

– Lo que te pregunto -dije- es quién insinuó que podía no ser cierto. Ya no sonreías.

– Sí, supongo que sí -dijiste-. Quiero irme -agregaste, con injustificada rapidez-. Es tarde.

Fue como si el aire se enrareciera de golpe. Era algo que podía sentirse en la piel y hasta olerse en la mañana, lo sentí como dicen que los animales presienten y olfatean un peligro. Estaba en la ciudad. Era algo que desde la noche anterior parecía modificar la consistencia de la realidad y las relaciones entre las cosas y yo, algo que tenía que ver con el tiempo y que ahora instalaba de otro modo tu cuerpo en esa calle, le daba un color distinto al balcón en ruinas, a los árboles de la plaza, a la casa del marqués.



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