– Todavía no sé de qué, y abandona por favor ese aire de ir de compras. Hablar. Hablar de cualquier cosa. Qué importancia tiene.

Delphine Seyring: Hace un año en Marienbad. Y, sin transición, el paredón de la Cañada. Como si la ciudad se desplazara a su antojo alrededor de nosotros.

– Todo esto es muy raro -dijiste. Te pregunté por qué lo decías.

– ¿Por qué digo que es raro? -Me mirabas, divertida. Tu volubilidad era un poco desconcertante, suponiendo que se tratara de un rasgo de carácter y no de que hubiésemos caminado lo suficiente como para que todo volviera a ser normal. -Vamos a ver. ¿Por qué puedo decir que algo raro es raro?

No contesté. Me ponen nervioso ciertas respuestas de las mujeres. Me hacen pensar de qué hombre las habrán aprendido.

– Empecemos otra vez -dijiste-. Te escucho.

– No entiendo.

Dejaste de caminar, tan bruscamente que fue como si hubieras desaparecido.

– Que te escucho -dijiste-, que hace un minuto casi gritaste que yo no me iba a ninguna parte porque teníamos que hablar, que yo te pregunté de qué, y me contestaste que de cualquier cosa. Y que ahora te escucho. Estás a punto de hablarme de cualquier cosa. Pero si vos no hablas de cualquier cosa, yo voy a hablar de cualquier cosa. Esta noche hay una fiesta, en el Cerro. Podemos vernos ahí.

– Cómo una fiesta, en qué Cerro.

– En el Cerro de las Rosas. Y no es una fiesta, es una reunión, de esas con intelectuales y empanadas. De ésas -y tu voz cambió, casi imperceptiblemente-, de esas a las que mejor no ir. Donde todo el mundo se entera de todo y están los amantes y las amantes de todo el mundo. Vino de La Caroya, música vernácula y del siglo dieciséis. Mujeres elegantísimas. Vos le llamarías puterío.

Me sobresalté. Era como si te oyera hablar por primera vez en mi vida. Como si de pronto, en tu lugar, se hubiera instalado otra mujer con tu cara y tu voz.

– Puterío -dije.

– Es la palabra que usaste anoche, cuando hablamos de esto mismo. Sólo que anoche me molestó a mí.



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