
– Me distraje -agregué.
Verónica y vos juntas en un ángulo del bar. Vos hablabas por teléfono. La Cavarozzi en el baño, llorando quizá por el barómetro fluorescente. Santiago, frente a mí pero como si estuviera muy lejos, fumaba y bebía. Hay que aprovechar esta especie de soledad para hacer algo con Cantilo.
– De puño y letra -volvió a explicar él-. Son mi pequeña vanidad. -Cartas, eran. Quería decir que eran cartas. Cartitas, dedicatorias, esquelas, servilletitas de papel, autógrafos, facsímiles, menús donde el valeroso militar o el concertista, el político o la danzarina moderna, el obispo o Mongo Aurelio expresaban, de puño y letra, la simpatía que les había despertado nuestro agrónomo coleccionista. -Y hasta el abanico de tía Teresita, con una cuarteta de Rubén.
Yo extraje del fondo de mi alma mi cara más impenetrablemente idiota y pregunté con fría brutalidad:
– ¿Rubén? Cuál Rubén. Él dijo con sencillez:
– Darío.
Y agregó alguna cosa acerca de alguien, pero yo sólo retuve la palabra generosidad.
XV
No, nadie. De acuerdo. Pero a qué grado de desinterés debí llegar con los años para no vivir aplastado o idiotizado por respuestas como ésa. No, nadie. Qué significa responder no cuando uno ha preguntado quién. Qué significa esa incoherencia en boca de una mujer; qué es, en realidad, lo que está contestando; qué está negando. ¿Y por qué? Dejo el interrogante abierto a todos los adolescentes tardíos, cornudos y almas poéticas que repoblarán el florido y buen planeta viejo de Santiago; yo cultivo mi viña y crío mis abejas. Hace rato resolví estas cuestiones. ¿Nadie? Como en una placa fotográfica me quedó grabada para siempre aquella cara. Mariano. Un adolescente delgado, alto, de ojos oscuros y grandes. Pelo muy corto, como de conscripto. Esta conjetura, la de que pudiera tener veintiún años, en vez de tranquilizarme me causó un malestar parecido al miedo.
