
Los Morrissey eran corpulentos, con frentes anchas y despejadas y barbas cobrizas. Vestían pantalones negros, zapatos de cuero, también negros, abrillantados, camisas blancas con las mangas remangadas hasta el codo y llevaban delantales blancos de carnicero que los cubrían hasta las rodillas. El camarero, un joven delgado y bien afeitado, vestía la misma indumentaria, pero en él parecía más un disfraz. Imagino que sería primo de ellos. Debía de tener alguna clase de parentesco, si trabajaba allí.
Abrían siete días a la semana, desde aproximadamente las dos de la madrugada hasta las nueve o las diez. Cobraban tres dólares por copa, un precio más elevado que en el resto de los bares, pero comparado con la mayoría de los after hours, la bebida que servían era buena. La cerveza costaba dos dólares. Mezclaban la mayoría de las bebidas más comunes, pero no era sitio para pedirse un pousse-café.
No creo que la policía les hubiera dado un toque nunca. Aunque no se anunciaban con ningún letrero de luces de neón, ese lugar no era el secreto mejor guardado del vecindario. La pasma sabía que estaba allí y aquella noche en particular vi a un par de patrulleros de Midtown North y a un detective que había conocido años atrás en Brooklyn. Había dos hombres negros en el bar y los reconocí; a uno lo había visto en muchos combates de boxeo y su compañero era un senador del Estado. Estoy seguro de que los hermanos Morrissey pagaban dinero para poder mantener su local abierto, pero más allá del dinero que pagaban, tenían una fuerte conexión con la policía local.
No aguaban la bebida y las copas que servían estaban bien cargadas. ¿Qué más se les podía pedir?
Fuera, estalló otro petardo. Parecía estar a dos calles y no detuvo ninguna conversación. En nuestra mesa, el tipo de la CBS se quejaba de que se estuvieran adelantando a la fecha.
