Cada uno tenía un arma en la mano. Uno llevaba un revólver de cañón corto y el otro un fusil automático. Este último lo alzó y pegó dos disparos al techo. Y no sonaron ni como un petardo ni como una granada de mano.

Entraron y se largaron a toda prisa. Uno se metió detrás de la barra y salió con la caja de puros García y Vega donde Tim Pat guardaba las propinas. Había un tarro de cristal encima de la barra con una nota escrita a mano en la que se pedían aportaciones para las familias de miembros del IRA encarcelados en Irlanda del Norte. Sacó los billetes, pero dejó dentro las monedas.

Mientras lo hacía, el más alto apuntaba a los Morrissey con el fusil y los obligaba a vaciarse los bolsillos. Cogió el dinero suelto que llevaban en las carteras y un rollo de billetes de Tim Pat. El hombre más bajo dejó la caja de puros un momento y fue hacia la parte trasera del local, donde arrancó un póster enmarcado de los acantilados de Moher que ocultaba un armario cerrado con llave. Disparó a la cerradura y sacó una caja fuerte de metal, se la colocó bajo el brazo, sin detenerse a abrirla, volvió para coger la caja de puros y salió por la puerta.

Su amigo siguió apuntando a los Morrissey hasta que él estuvo fuera del edificio. El arma apuntaba al pecho de Tim Pat y por un momento pensé que iba a disparar. Su arma era el fusil automático, él había sido el que había disparado al techo y si disparaba a Tim Pat seguro que no fallaría.

Pero yo no podía hacer nada.

Pasó todo. El hombre armado respiró por la boca y al hacerlo infló el pañuelo que le cubría el rostro. Caminó hacia atrás en dirección a la puerta y bajó corriendo las escaleras.

Nadie se movió.

Entonces Tim Pat le susurró algo a uno de sus hermanos, al que había estado vigilando la puerta. El hermano asintió y fue hacia el armario desvalijado. Lo cerró y volvió a colgar el póster de los acantilados de Moher.



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