También supe por ellos que, mas allá del temeroso puentecito y siguiendo siempre hacia el este, existía y prosperaba una Colonia Suiza de la que alguien alguna vez, en un pasado huidizo, me había hablado. La mención de la Colonia me bastó para que Tom, Dick y Harry se rejuvenecieran con rubores débiles y breves, rieran y cambiaran golpes en los hombros desarrollados y fortalecidos en los campos de deportes de universidades tan lejanas ahora como sus primeras juventudes.

Repuestos, uno de ellos hablo, tal vez fue Dick. Me explico que ahora la Colonia Suiza no era ni por asomo una colonia sino una ciudad pujante, volcada al futuro, en constante expansión, y no re-cuerdo cuantas otras bellezas y tonterías mas. Si, fue Dick quien inicio las alabanzas. Era un coro y, por caso de celebración inconsciente, pensé en el titulo que un amigo muy querido prometió poner a un libro pornográfico que jamás llego a escribir: La unanimidad de las cotorras. Nada que ver, pero se me ocurrió sin culpa.


1 de mayo


Y aquí estaba en un lugar, que solo existe para geógrafos enviciados, llamado Santamaría Este, sacudiéndome el pasado como trataba de apartar las pulgas una perrita muy querida que alguna vez tuve y con mi falso titulo de ingeniero, tratando de dirigir el trabajo de unos veinte peones mestizos y explotados. Estábamos terminando de construir una represa, justo allí donde el río y la tierra imponían un codo.


3 de mayo


Era la hora del hambre, del sol justo encima de nuestras cabezas. Estábamos dentro del edificio que me quedo destinado como casa, hecho con grandes piedras fofas. Alguien había ido hasta la caravana para volver con una botella de whisky, de marca para mi desconocida, y vasos de plástico. Uno de los gringos me dijo:

– Ahora le falta conocer a dona Eufrasia. Para ir bien con ella hay que mantenerle el tratamiento. Ya vera. Todavía tiene buen cuerpo. Nadie sabe si treinta o cuarenta. Ella es tres cuartos de india y muy mandona si le toleran. Con nosotros anda en una especie de paz armada. Fue al este a comprarnos alimentos frescos. Odia las latas mas que nosotros. Y nunca nos falla, debe estar por volver.



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