
– ¡Ah!-exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra pausa siguió, pero ésta ya de presagio.
– Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?
– ¡Oh!-se sonrió difícilmente Nébel-. Mi padre tampoco lo cree.
– ¿Y entonces?
Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.
– ¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?
– ¡No, no señora!-exclamó al fin Nébel, impaciente-. Está en su modo de ser… Hablaré de nuevo con él, si quiere.
– ¿Yo, querer?-se sonrió la madre dilatando las narices-. Haga lo que le parezca… ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.
Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre? Éste sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.
– Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero mi consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!
Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado de cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.
– Hablé con mi padre-comenzó Nébel-y me ha dicho que le será completamente imposible asistir.
La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito fulgor, se estiraban hacia las sienes.
– ¡Ah! ¿Y por qué?
– No sé-repuso con voz sorda Nébel.
– Es decir… ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?
– No sé-repitió él con inconsciente obstinación.
– ¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha figurado?-añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.-¿Quién es él para darse ese tono?
Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su familia.
– ¡Qué es, no sé!-repuso con la voz precipitada a su vez-pero no sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.
