
– Sí-repuso Nébel abriendo los ojos-la señora de Arrizabalaga…
Ella vió la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana que trata aún de parecer bien a un muchacho.
De ella, cuando Nébel la conoció once años atrás, sólo quedaban los ojos, aunque más hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la elegante mujer que un día hojeó la Illustration a su lado.
– Sí, estoy muy envejecida… y enferma; he tenido ya ataques a los riñones… y usted-añadió mirándolo con ternura-¡siempre igual! Verdad es que no tiene treinta años aún… Lidia también está igual.
Nébel levantó los ojos:
– ¿Soltera?
– Sí… ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?
– Con mucho gusto-murmuró Nébel.
– Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para… En fin, Boedo, 1483; departamento 14… Nuestra posición es tan mezquina…
– ¡Oh!-protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.
Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir su promesa. Fué allá-un miserable departamento de arrabal.-La señora de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.
– ¡Conque once años!-observó de nuevo la madre.-¡Cómo pasa el tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!
– Seguramente-sonrió Nébel, mirando a su rededor.
– ¡Oh! ¡no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su casa… Siempre oigo hablar de sus cañaverales… ¿Es ese su único establecimiento?
