
Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su antiguo conocido con más viva complacencia que cuatro meses atrás. Nébel no cabía en sí de gozo, y como la señora no parecía inquietarse por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un millón de veces tal presencia a la del abogado.
Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente y, como tenía 18 años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y sin cortedad, su inmensa dicha.
– ¡Tan pronto, ya!-le dijo la señora.-Espero que tendremos el gusto de verlo otra vez… ¿No es verdad?
– ¡Oh, sí, señora!
– En casa todos tendríamos mucho placer… ¡supongo que todos! ¿Quiere que consultemos?-se sonrió con maternal burla.
– ¡Oh, con toda el alma!-repuso Nébel.
– ¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.
Nébel había sido visto ya por ella; pero no importaba.
Lidia llegó cuando él estaba de pie. Avanzó a su encuentro, los ojos centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con adorable torpeza.
– Si a usted no le molesta-prosiguió la madre-podría venir todos los lunes… ¿qué le parece?
– ¡Que es muy poco, señora!-repuso el muchacho-Los viernes también… ¿me permite?
La señora se echó a reir.
– ¡Qué apurado! Yo no sé… veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?
La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡sí! en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.
– Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.
Nébel objetó:
– ¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario…
– ¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.
Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo, y huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma proyectada al último cielo de la felicidad.
