Capítulo 2

– Supongo que está enterada de lo que le ocurrió al inspector Lynley, ¿no es así? -preguntó Hillier.

Isabelle Ardery evaluó al hombre además de la pregunta antes de darle una respuesta. Estaban en el despacho de Hillier en New Scotland Yard, donde las filas de ventanas daban a los tejados de Westminster y algunas de las propiedades inmobiliarias más caras del país. Sir David Hillier estaba de pie detrás de su inmenso escritorio con aspecto pulcro y en notable buena forma para un hombre de su edad. Calculó que debía tener poco más de sesenta años.

Ante la insistencia de Hillier, ella estaba sentada, un hecho que consideró muy inteligente de su parte. Quería que sintiese su autoridad ante la eventualidad de que ella pudiese considerarse superior. Se refería a algo físico, por supuesto. Era poco probable que ella pudiese inferir que tenía alguna otra clase de ascendiente sobre el subinspector jefe de la Policía Metropolitana. Era casi siete centímetros más alta que él -incluso más si llevaba tacones-, pero allí terminaba toda su ventaja.

– ¿Se refiere a la esposa del inspector Lynley? Sí. Sé lo que le ocurrió. Yo diría que todos en el cuerpo saben lo que pasó. ¿Cómo está él? ¿Dónde está?

– Según mis informaciones, aún se encuentra en Cornualles. Pero el equipo quiere que regrese, y usted se dará cuenta de inmediato. Havers, Nkata, Hale… Todos ellos. Incluso John Stewart. Desde los detectives hasta los empleados del archivo. Todos. Los conserjes también, no tengo ninguna duda. Lynley es muy popular.

– Lo sé. Le conozco. Es todo un señor. Ésa sería la palabra, ¿no cree? «Señor».



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