– Lo he encontrado en la escalera. Pensaba bajarlo a la oficina de los agentes.

– Por un momento, pensé que era tuyo -sonrió Brunetti.

– No lo menosprecies -dijo Vianello dejando caer el periódico en la mesa al sentarse-. La última vez que lo abrí, vi un artículo bastante largo sobre unos equipos de polo de los alrededores de Verona.

– ¿De polo?

– Eso decía. Por lo visto, hay siete equipos de polo en este país, o quizá sólo en Verona.

– ¿Con ponis, uniformes blancos y cascos? -preguntó Brunetti.

Vianello asintió.

– Había fotos. El marqués de tal y el conde de cual, y casas de campo y palazzi.

– ¿Seguro? ¿No te habrá afectado el calor y estarás confundiéndolo con algo que has leído en…, no sé…, Chi?

– Tampoco leo Chi -dijo Vianello, con remilgo.

– Nadie lee Chi -convino Brunetti, que nunca había oído a alguien reconocer tal cosa-. La información de los reportajes la transmiten los mosquitos. Te pican y te va directamente al cerebro.

– ¿Y soy yo el que sufre los efectos del calor? -dijo Vianello.

Callaron un momento, en amigable laxitud, incapaz uno y otro de reunir la energía necesaria para hablar del calor. Vianello echó el cuerpo adelante y el brazo atrás para despegarse de la espalda la camisa de algodón.

– En el continente es aún peor -dijo el inspector-. Los de Mestre han dicho que ayer tarde, en la oficina principal, estaban a cuarenta y un grados.

– Creí que tenían aire acondicionado.

– Roma ha dictado una norma que prohíbe su utilización, para evitar apagones como los que tuvieron hace tres años. -Vianello se encogió de hombros-. O sea, que es mejor esto; nosotros, por lo menos, no estamos encerrados en una caja de cristal y cemento, como ellos. -Miró a las ventanas del despacho de Brunetti, abiertas de par en par a la luz de la mañana. Las cortinas se movían; lánguidamente, pero se movían.



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