
Su furia se aplacó un poco cuando su sentido común le indicó que, con toda honestidad, ella no podía asegurar que obtuvo su promoción al puesto más alto, gracias a sus propios esfuerzos. En tan poco tiempo, no podía dejar ninguna huella, ¿o sí? Y era justo pensar que había muy pocas oportunidades de mostrar todas sus habilidades en la sección de transportes, lo cual la hizo reconocer que, de no haber sido por el tropezón que se dio aquel día el señor Garwood Hetherington, nunca habría ella estado entre las personas entrevistadas para el puesto, ni hubiera obtenido el ascenso que tuvo.
Desde luego, eso estaba a kilómetros de distancia de algo tan sórdido como lo que Lyle Hetherington se atrevió a sugerir. Ella estaba muy encariñada con su padre, pero no había nada de malo en eso. Él también la apreciaba, eso era obvio, pero hasta ahí llegaba la cosa. ¡Con un demonio! ¿Por qué tenía que defender lo que hasta ahora no había necesitado ninguna defensa?
Kelsa se levantó, se vistió, desayunó algo y luego se fue en su coche al trabajo, continuando su enojo por los injuriosos comentarios de Lyle Hetherington. Aunque admitía que tomó un atajo hacia su ascenso, sabía que se había desempeñado muy bien en su nuevo puesto y estaba demostrando que lo merecía.
Entró al edificio de Hetherington pensando que, aunque era cierto que Nadine no se mostró muy exigente en su entrevista para el puesto, se lo ofrecieron a Kelsa por merecimientos propios.
Habiendo establecido eso con satisfacción en su mente, entró a su oficina con el temor de que Garwood Hetherington hubiera tenido aquella discusión de “índole personal”, y que su hijo lo acusara de la misma forma que la acusó a ella. Sabía que se encogería de vergüenza, si su jefe se sintiera tan mal por el hecho de tener que pedir disculpas, a causa de las actitudes de su hijo.
