Era la razón por la que trabajaba para la ciudad gratuitamente y por la que se pasaba la vida formando a la siguiente generación de forenses en Tulane. Creía que podía hacer más bien enseñando a otros médicos forenses que lo que podía hacer trabajando en casos comunes. Mientras más personas hicieran bien su trabajo, menos criminales saldrían libres para matar de nuevo.

Esa filosofía era también la que la mantenía soltera. La mayoría de los hombres no apreciaban el hecho de que una mujer fuera hábil tanto con un bisturí como con una pala.

Tate abrió una puerta en medio de la bóveda de la cripta y saco un cajón vacío.

– Estaba guardada aquí adentro.

– ¿Tienes algunos de sus artículos personales?

– Déjame traértelos.

Simone cerró el cajón y se giró ligeramente mientras sentía una presencia detrás de ella. Era una joven en torno a los veinticuatro. Su pelo marrón estaba alborotado y parecía algo confundida. Era una condición natural para muchos de los recién fallecidos.

– ¿Puedo ayudarte? -preguntó Simone a la chica.

– ¿Dónde estoy?

Simone vaciló. Nunca le gustó ser la que debía decirle al otro que no estaban vivos.

– ¿Qué es lo último que recuerdas?

– Iba hacia casa desde el trabajo.

Ese era un buen principio. Si Simone pudiera ayudar a la mujer a recordar más detalles de su vida justo antes de que se terminara, entonces podría recordar su muerte, también.

– ¿Cómo te llamas, cielo?

– Gloria Thieradeaux.

Un escalofrío bajo por su columna vertebral mientras Simone la reconocía de las fotos. Ésta era la mujer cuyo cuerpo se había levantado y paseado por la morgue.



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