
– Desde luego, tu hermana sabe llevar una casa, ¿eh? -comentó Harcourt al día siguiente de su vuelta.
Annabelle le miró sonriendo. Se alegraba de que estuviera contento. Temía que se enojara con ella por dejarlo todo en manos de Audrey, pero, si ésta lo sabía hacer tan bien, ¿por qué no hacerlo? Harcourt estaba de acuerdo. Sin embargo, justo en aquel momento, en California Street, nadie alababa las cualidades domésticas de Audrey. El abuelo se quejaba de que los huevos estaban demasiado cocidos, de que el té era una porquería y de que hacía varias semanas que no desayunaba a su gusto. Tenían una nueva cocinera y Edward Driscoll despotricaba, diciendo que no era tan buena como la anterior.
– ¿Es que no puedes encontrar una cocinera como es debido para esta casa? ¿Tengo que comer así el resto de mi vida o acaso quieres matarme?
Audrey reprimió una sonrisa al oír esa parrafada. El abuelo le repetía cada día lo mismo y no habría más remedio que buscarle una sustituía a la cocinera que él tanto aborrecía. Aquella mañana, Audrey estaba mucho más preocupada por algo que acababa de leer en el periódico. El salario medio semanal había bajado a menos de diecisiete dólares de los veintiocho que era hacía apenas tres años, y en todas partes había cientos de parados que hacían cola en los puntos de distribución gratuita de alimentos. Cinco mil bancos habían quebrado, más de ochenta mil industrias habían cerrado y otras tantas personas se habían suicidado. La situación del país era cada vez más desastrosa. Y las estadísticas del periódico de la mañana eran aterradoras. El producto nacional bruto había bajado a la mitad de su nivel de hacía tres años. Audrey frunció el ceño y tomó un sorbo de café.
