Entre esos métodos, los científicos destacan que las estructuras de las frases de los libros de la escritora inglesa se vuelven más sencillas cuanto más cerca está el desenlace de la novela, lo que incrementa el nivel de interés del lector. Tras calmarle, estudio detalladamente con mi amigo las tesis de los científicos de Birmingham y Londres y pronto le hago ver que esos sabios -gente encantada consigo misma- no tienen ni idea del oficio novelístico y, es más, ignoran en qué consiste la operación de leer, pues ni siquiera es preciso haber leído mucho para saber que si uno llega a esas frases del final «que se vuelven más sencillas» tiene que haber atravesado previamente las menos sencillas, que es algo que no todo el mundo cruza. De todos modos, no hay que excluir la posibilidad de que las tesis de esos admirables científicos se impongan en el mundo editorial y nuestro universo se pueble de millones de lectores que no terminen sus novelas, con lo cual volveríamos a estar donde ya estamos.

2006

ENERO

Estoy en la plaza de Saint-Sulpice, sentado en el café desde donde Georges Perec espiaba horas y horas lo que allí podía verse (Tentativa de agotar un lugar parisino), no lo que ya había sido antes catalogado o inventariado de esa plaza, «sino lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia: lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes».

Lo que pasa cuando no pasa nada siempre será un buen título para un libro que algún día alguien escribirá. En fin. Como tengo la iglesia delante, entro un rato en ella a la hora de la misa porque sé que hoy ha de tocar el órgano el magistral monsieur Roth, un virtuoso.



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