
Un gran silencio planeó sobre la mantelería de hilo color crudo y la elegante vajilla de mi abuela. Violeta y yo nos encogimos y contemplamos fijamente nuestros platos. Ni la discusión ni la emoción eran nuevas. No hacía falta que lo fueran para ser increíblemente fascinantes. La palabra «justicia» llevó la atención de tía Lucía hacia territorios de gran profundidad y nerviosismo. La supuesta injusticia cometida con tía Nines quedó incluida y superada por la idea de justicia en general, que tía Lucía exponía en ese instante. El equilibrio correspondiente a la balanza de la justicia acabó trastornándose del todo, junto con la cucharita y el platito y la taza de té, que bailoteaban desencajadas en la mano izquierda de tía Lucía. Nunca se caían, a pesar de estar con frecuencia a punto de caerse, cosa que hubiéramos todas nosotras preferido: desplomarnos. Y descansar en paz hechas añicos junto con la vajilla y la justicia, en el mantel encharcado de té, sin el más mínimo estilo. Pero el estilo no faltaba nunca: como si tuviese tía Lucía un imán en la yema misma de los cinco dedos de la mano izquierda, con su contrapartida proporcional de acero o de metal en la cuchara, en el plato y en la taza, que permitía un gran desequilibrio en el interior del elegantísimo equilibrio de tía Lucía, su voz y sus modales.
Era noviembre. Tía Nines ya no vivía en casa. Por consejo médico se la llevó tía Lucía a las Adoratrices de Letona, que en el mismo convento, en toda un ala, tenían cuartos, cada uno con su espejo y su lavabo individual, donde hacían por Cuaresma las damas de Letona ejercicios espirituales, internas en tandas de tres días, y que durante todo el año alquilaban las monjas a personas mayores que no se podían ya valer o a enfermas, como tía Nines, de los nervios, que había que vigilar discretamente, sin ofenderlas ni perderlas de vista, porque no estaban aún completamente locas.
