
Me admira cómo la gente aborrece la compasión. Por la manera de hablar usted descuenta que son de fierro. Si la veo apenada por las cosas que hace cuando no es ella, siento verdadera compasión por mi señora y, a la vez, mi señora me tiene lástima cuando me amargo por su culpa. Créame, la gente se cree de fierro pero cuando le duele, afloja. En este punto Ceferina se parece a los demás. Para ella, en la compasión, hay únicamente blandura y desprecio.
Ceferina, que me quiere como a un hijo, nunca aceptó enteramente a mi señora. En un esfuerzo para comprender ese encono, llegué a sospechar que Ceferina mostraría igual disposición con toda mujer que se me arrimara. Cuando le hice la reflexión, Diana contestó:
– Yo pago con la misma moneda.
A nadie quiere tanto la gente como a sus odios. Le confieso que en más de una oportunidad, entre esas dos mujeres de buen fondo, me sentí abandonado y solitario. Menos mal que a mí me quedaba siempre el refugio del taller de relojería.
Le voy a dar una prueba de que la malquerencia de Ceferina por Diana era, dentro del cuadro familiar, un hecho público y notorio. Una mañana Ceferina apareció con el diario y nos indicó un sueltito que decía más o menos: Trágico baile de disfraz en Paso del Molino. No desconfió del dominó que tenía a su lado porque pensaba que era su esposa. Era la asesina. Estábamos tan quisquillosos que bastó esa lectura para que armáramos una pelea. Diana, usted no lo creerá, se dio por aludida, yo hice causa común con ella, y la vieja, es cosa de locos, asumió el aire de quien dice tomá, como si hubiera leído algo comprometedor para mi señora o por lo menos para el gremio de las esposas. Tardé más de catorce horas en comprender que al hombre del baile no lo había matado su cónyuge. No quise aclarar nada, por miedo de reanimar la discusión.
