De todos modos mi señora mantuvo su firme oposición a la relojería. Vale más que yo no calce la lupa delante de ella, porque ese gesto inexplicablemente la irrita. Recuerdo que una tarde me dijo:

– No puedo evitarlo. ¡Le tengo una idea a los relojes!

– Decime por qué.

– Porque son chicos y llenos de rueditas y de recovecos. Un día voy a darme el gusto y voy a hacer el desparramo del siglo, aunque tengamos que mudarnos a la otra punta de la ciudad.

Le dije, para congraciarla:

– Confesá que te gustan los relojes de cuco.

Sonrió, porque seguramente imaginaba la casita y el pajarito, y contestó con mejor ánimo:

– Casi nunca te traen un reloj de cuco. En cambio vienen siempre con esos mastodontes de péndulo. El carillón es una cosa que me da en los nervios.

Como pontifica Ceferina, cada cual tiene su criterio y sus gustos. Aunque no siempre uno los entienda, debe aceptarlos.

– Se corrió la voz de que tengo buena mano para el reloj de péndulo. Del propio Barrio Norte me los traen.

– Mudémonos al Barrio Norte. Traté de desanimarla.

– ¿No sabés que es el foco de los péndulos? -le dije.

– Sí, che, pero es el Barrio Norte -contestó pensativa.

No puede negar que lleva la sangre Irala. En la "familia real", como los llama Ceferina, se desviven todos por la figuración y por el roce.

A mí la idea de mudarme, siempre me contrarió. Siento apego por la casa, por el pasaje, por el barrio. La vida ahora me enseñó que el amor por las cosas, como todo amor no correspondido, a la larga se paga. ¿Por qué no escuché el ruego de mi señora? Si me hubiera alejado a tiempo, ahora estaríamos libres. Con resentimiento y con desconfianza, imagino el barrio, como si estas hileras de casas que yo conozco de

memoria se hubieran convertido en las tapias de una cárcel donde mi señora y yo estamos condenados a un destino peor que la muerte. Hasta hace poco vivíamos felices; yo porfié en quedarme y, ya lo ve, ahora es tarde para escapar.



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