Patricia sobrevuela la carta; no se entiende nada y seguramente por eso no pasará nada si deja el recuerdo de la mala experiencia de su hermana con las empresas puntocom. Un pésimo, pésimo recuerdo para Manuela. Vamos, estuvo a punto de quedarse en la calle a principios de 2000. Pero no hay nada peor en una carta escrita con estilográfica, y encima con tinta verde, que tachar una palabra. «Suplicar» es muy fuerte, una palabra que distingue profundamente a Patricia de Manuela. Patricia jamás suplicaría, ni siquiera por perdón. Patricia siempre ofrece y luego dispone. Entre «suplicar» y «sponsors» ha dejado algo de espacio para agregar una palabra que resuelva el entuerto. Falta poco tiempo para embarcar, hace calor, el fast track, ese invento post 11 de septiembre para, supuestamente, acelerar la inmigración de los que viajan en business, está, como siempre, colapsado. Y esa es la palabra que dibuja, cuidadosamente, sobre las letras donde antes escribió «suplicar». Mira la frase nueva: «Lloro, sí, aunque no lo creas… colapsada con sponsors para tus proyectos puntocom.»

Sella el sobre con sus labios. Lo entrega a la funcionaría negra de gesto avinagrado. Comprensible, acepta Patricia en su pensamiento veloz, porque ha esperado a que escribiera la carta a Manuela y luego efectuara estos cambios de última hora con una paciencia más bien inquietante. Si ella fuera la negra funcionaría, algo absolutamente improbable pero formaba parte de un juego silencioso que Patricia adoraba practicar, sería no solo más amable, sino también ocurrente. Por ejemplo, ella es la única persona en la ajetreada tarde que ha aparecido delante de ese mostrador para enviar unas cartas. La gente ya no escribe cartas, envía sms, llama, se proyecta en ordenadores adoptando su velocidad pero olvidando que todos los movimientos de ordenador dejan rastros. Enviar una carta sigue siendo algo íntimo, de mano a mano. Y que solamente puede ser entregada mediante orden judicial en caso de que sus palabras necesiten demostrar algún crimen.



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